Pareciera hoy que si no publicamos en algún lado las cosas que hacemos en nuestro vivir cotidiano, estas pierden parte de su alegría. Es como si las acciones necesitaran estar atadas a esta nube de las redes sociales para terminar su trayectoria y poder ser realizadas. Como si se quedaran a medio camino si uno las vive sin publicar.
Pareciera como que se siente una especie de amargor, de vacío o de insatisfacción si, al vivir algo increíble, no es publicado: ¡Necesito contarle al mundo que soy feliz!
Pero, ¿acaso nuestros padres o abuelos eran menos felices cuando vivían en una especie de anonimato social? ¿se supone que ellos, sin poder subir una historia a Instagram, estaban como incompletos o faltos de plenitud?
Sospecho que la mano viene por un camino bastante diferente.
Más bien pienso que cuando entramos en esta dinámica de vivir publicando es como que comenzamos a fragmentarnos de algún modo. Puede que a nuestra mente y corazón le cueste estar presente plenamente en un momento dado porque está más pendiente de mostrarlo que de vivirlo. “¡¿Cómo que nadie se va a enterar de que está sucediendo esto ahora?! De que soy feliz.”
Y yo pienso que en el momento en que decidimos “compartirlo”, dejamos escapar de algún modo la plenitud del momento, ya no absorbimos la totalidad de lo que el momento tenía para ofrecernos.
El hombre funciona a través de hábitos. Las acciones que repite muchas veces —consciente o inconscientemente— quedan marcadas en él como parte de su naturaleza (como una segunda naturaleza dirían los pensadores clásicos). Y cuando en la vida del hombre el publicar cada acción de su vida se ha hecho un hábito, este va perdiendo la sencillez vital.
Todo obrar sigue a un fin, no es casualidad que esto nos pase. Cuando obramos, por lo general, lo hacemos creyendo que algo es bueno para nosotros, no es común que alguien actúe para autodestruirse. Sin embargo, no siempre vemos claro y rápido las consecuencias que conllevan nuestras obras, por pequeñas o grandes que puedan ser.
En el momento en que alguien decide publicar algo en una red social, lo más probable es que sea movido por un deseo auténtico de buscar la felicidad o algo semejante. No digo que lo piense intencionalmente, sino más bien que el movimiento natural que es causa de la operación puede estar radicado en ese deseo de plenitud.
El problema está en que la dinámica de la sociedad en que vivimos nos ha ido llevando a buscar la aprobación que tanto buscamos como seres humanos en estas plataformas digitales. Es una manera de sentirnos importantes y de obtener un poco de gratificación inmediata.
Creo que sucede que cuando uno toma el camino de buscar saciar esa sed de aprobación en el mundo digital, se pierde de tener la aprobación verdadera que la realidad misma tiene para ofrecerle.
¿A qué voy con esto?
Las cosas que nos son regaladas todos los días, ya nos muestran de algún modo cuánto valemos. Nada en este mundo es casualidad, ni que tengamos vida, ni que seamos quienes somos, ni las personas que nos rodean o la naturaleza que contemplamos. Si hoy me tocó contemplar un atardecer maravilloso tampoco es casualidad y eso indica que soy valioso.
Todas las cosas, por el mismo y solo hecho de ser, son en sí mismas buenas. Esto es lo que se llama el trascendental Bonum1.
Como las cosas participan del acto de ser del que es el Bien en sí mismo, ellas también son buenas. Y a su vez, estas tienen algo para decirnos, pero en un lenguaje más profundo que no siempre estamos dispuestos y preparados para escuchar.
¿Pero por qué las cosas creadas y la realidad que me rodea me hablan del valor que tengo?
Todas las cosas creadas que se “interponen” en mi camino son signos del Creador, que las ofrece como don. Y todo don habla del amor de quien lo entrega.
Reconozco que hay alguna luz en reconocer como valiosas las cosas que alguien puede publicar en una red social, porque si no lo fueran, no habría por qué mostrarlo, y eso no es malo en sí mismo. Pero con este planteo pongo la mira especialmente en todo lo que se puede perder cuando uno únicamente está atento en vivir publicando la vida, en lugar de ocuparse de vivirla plenamente.
Cuando el fin es más mostrar que vivir se va perdiendo poco a poco el sentido contemplativo más profundo de ver en las cosas su verdadero valor. El Bien, la Verdad y la Belleza de las cosas.
Por otro lado, pensemos en el receptor de aquel “contenido” —como tanto se dice hoy y que a veces habría que preguntarse qué es lo que realmente contiene—. Este puede pasar horas viendo las vidas de los demás sin detenerse a vivir y contemplar la suya propia. Comportamiento que en algunos casos puede llevar a la depresión, la envidia, la ansiedad u otros males, y más frecuentemente de lo que creemos. No hay ser humano que no necesite entrar en su propia alma para luego salir al mundo a ver las cosas con ojos nuevos.
Live well, tell no one
En las épocas, frecuentemente se da un movimiento pendular en algunos comportamientos de la sociedad. Y, en este caso, yo creo que de a poco los jóvenes están volviendo a ver que estos comportamientos pueden hacer mucho daño o al menos que pueden limitar la manera de vivir verdaderamente la propia vida.
En referencia a esto he visto en el último tiempo hacerse virales imágenes de todo tipo de actividades al aire libre y muy satisfactorias con frases como “Live well, tell no one”. Sería absurdo no reconocer que hay mucha sabiduría en mostrar este mensaje e intentar despertar al que está como anestesiado en este punto. A veces, la actitud revolucionaria hoy en día es: «¡No se lo cuentes a nadie!».
¡Cuántas cosas nos estamos perdiendo de vivir con plenitud por hacer “contenido”, mendigando un par de “me gusta” y comentarios vacíos de realidad verdadera!
¡Cuánto ha dejado nuestra generación de compartir momentos increíbles de relaciones humanas verdaderas o de simples hobbies de gente sencilla y normal!
Pienso que quizás deberíamos hacernos cargo de este hábito que, a veces, sin querer se nos genera y comenzar a ver todo lo que nos estamos perdiendo por no querer perdernos nada.
Ojalá despertemos cada vez y volvamos a la verdadera vida, entrenemos el músculo de la contemplación y del disfrute en lo anónimo, en lo sencillo, ahí donde nadie más que Dios nos ve y nos regala el momento para que nosotros, como sus creaturas amadas, lo podamos vivir en inmensa plenitud. Sin hacer alarde, sin mendigar aprobación y sin buscar la plenitud en un lugar distinto al de su fuente.
Tal vez empecemos a descubrir que las experiencias y alegrías más profundas estén menos en el universo del internet y más en el silencio de nuestro anonimato.
Francisco José Cozzi.
03/08/2026.
Siguiendo la filosofía de Santo Tomás de Aquino los trascendentales del ser son Unum, Bonum, Verum, Pulchrum. Significa que todo ente por el solo hecho de participar del acto de ser de Dios es uno, bueno, verdadero y bello.



¡Me ha encantado! Magnífico. Me quedo con la cita de que es un acto revolucionario no publicar tu vida en redes.
Seamos claros, que necesidad tenemos de mostrarnos de arriba a abajo, soy incapaz de imaginar a alguien pensando en mi vida, más que en un puñado de personas a las que verdaderamente importo, ¿publicamos en redes para que se entere el resto, o para que creamos que le interesamos a alguien más que a dos o tres personas?
Maravilloso texto Francisco.
Muy bueno! Gracias por compartir 🙌🫶